¿Epi qué?

Cuando en 1864, el fraile agustino Gregor Mendel empezó a cruzar guisantes de semilla amarilla con guisantes de semilla verde en el jardín del monasterio de Brno donde vivía, poco se imaginaba las enormes consecuencias que tendrían sus observaciones. Con ese simplísimo experimento, el monje Mendel percibió que los guisantes de semilla amarilla cruzados con guisantes de semilla verde daban guisantes… de semilla amarilla. Si mezclaba esos nuevos guisantes entre sí, salían semillas… ¡tanto verdes como amarillas! Mendel acababa de descubrir la herencia genética. Sus estudios, presentados al año siguiente, fueron tristemente ignorados.

En realidad, hubo que esperar hasta el año 1909 para que el biólogo danés W.L. Johannsen acuñara por vez primera el término “gen”, y no fue sino hasta 1953 cuando el físico Francis Crick y el biólogo James Watson (con la colaboración de la química Rosalind Franklin) demostraron la estructura de doble hélice del ADN. La genética ha tenido y sigue teniendo un peso crucial en el desarrollo científico, pero, sobre todo, ha tenido un peso crucial en la forma en cómo hemos entendido al ser humano.

Durante décadas, la visión de un ser humano determinado completamente por su herencia genética fue un concepto dominante en los círculos académicos, médicos y sociales. A menudo, cuando no se sabía cómo explicar lo que sucedía con las dolencias, se decía que tal enfermedad o comportamiento eran de naturaleza genética. Los genes se convirtieron en uno de esos términos “flotadores” que sirven para agarrarnos a él cuando nos vemos ahogados por lo desconocido.

Investigación y epigenética

Sin embargo, algunos pocos científicos y estudiosos objetaron pronto que los genes no podían explicarlo todo. Que los genes debían estudiarse y entenderse en relación con las circunstancias de las personas. Qué comían, qué hacían, dónde vivían, cómo se infectaban esas personas. El concepto de epigenética, empleado por C.H. Waddington en 1942, se acuñó precisamente para hablar de cómo los genes respondían a nuestro entorno. En otras palabras, cómo afectaba a nuestros genes lo que vivíamos a diario.

El Proyecto Genoma Humano y la epigenética

En el año 2003 se logró finalizar el Proyecto Genoma Humano, un esfuerzo titánico que involucró a múltiples instituciones de todo el mundo para lograr leer por vez primera todo el ADN humano. Los resultados obtenidos fueron sorprendentes: se detectaron unos 20.000 genes, mucho menos de lo esperado: esos genes equivalían al 2% de todo nuestro ADN. ¿Para qué diablos servía el 98% restante?

Cada gen es una secuencia de ADN que, para decirlo en pocas y amplias palabras, contribuye a la creación de una proteína en el cuerpo humano. Esto es fundamental, ya que las proteínas son las encargadas de realizar innumerables tareas para nuestro organismo. Siendo así, ¿por qué queríamos un 98% de ADN que no contribuye con la producción de proteínas?

La importancia del ADN

En un principio, el misterio se despachó con un disparate: se creyó que ese ADN no servía para nada, y se empleó el término ADN basura para referirse a él. Sin embargo, con el paso de los años y las nuevas investigaciones, se ha comprobado que ese 98% de ADN es fundamental. Para empezar, se estima que alrededor de un 40% de ese ADN restante es un ADN regulador, es decir, partes del ADN que actúan como “semáforos” o indicadores para activar y desactivar los genes. ¿Y qué provoca que ese 40% encienda o apague, active o desactive genes? Ese es el vasto misterio que explora hoy en día la epigenética.

Cada día averiguamos nuevos mecanismos, factores y vínculos que nos detallan más y mejor cómo los estímulos externos provocan que nuestros genes actúen de una forma u otra. Son los responsables de que, en el fondo, seamos distintos a lo que está escrito en nuestras células.

En el próximo artículo, seguiremos hablando de la epigenética, y para esa ocasión, hablaremos de la influencia de los alimentos que consumes, en tus genes… ¡y en los de tus hijos!

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