Te voy a contar la historia sobre cómo reprogramé mi mente después de una larga lucha con problemas de alimentación.

Cuando tenía 18 años fui a estudiar al extranjero. Me fui a Miami, la ciudad de los mejores cuerpos, por así decirlo. Mi primer semestre lo viví en la universidad. Comíamos en el comedor y teníamos horarios.

En esa época me consideraba bastante normal en cuanto a mis gustos por la comida. No eran los más sanos, pero tampoco los peores.

Como era mi primer semestre, se me dificultaba cumplir con mis obligaciones y llegar a tiempo a los desayunos, almuerzos o cenas, así que muchos de ellos me los saltaba.

Comencé a bajar de peso rápidamente y me empezó a gustar. No sé cómo explicarlo, pero no me daba hambre. Cuando comía, era muy poquito lo que ingería. Mi cuerpo se comenzó a acostumbrar a este nuevo método y sin darme cuenta, casi no comía.

Mi llegada a la universidad fue en junio. En noviembre mi mamá me visita por primera vez. Cuando mi mamá me ve, no podía creer lo que veía. Su hija de 18 años pesaba 83 libras. Hoy en día peso 107 libras. Al verme tan flaca mi mamá comenzó a obligarme a comer, pero yo me resistía. Decidí complacerla en un almuerzo para que así me dejara en paz. Y al comerme la comida comencé a sentir mucha ansiedad; mucha llenura. No sé cómo explicarlo, pero sentí una fuerte necesidad de sacarla de mi cuerpo. Así que fui al baño a hacer lo que sentía.

Mi mamá se regresó preocupada a Panamá, pero pensando que por lo menos comía. Yo me quedé en la universidad iniciando nuevos capítulos de mi vida.

El tiempo comenzó a pasar, un mes se hicieron seis. Seis meses se hicieron un año. Un año se hizo dos. Dos, tres y cada vez, estaba más metida en mis desórdenes de alimentación. Perdí el control. No podía recuperarlo. No podía parar de hacerme daño. La ansiedad que sentía al comer era inmensa. Había días en los que no comía. Había días en los que me lo comía todo para luego ir al baño a sacarla de mi sistema.

Reconocer y aceptar la enfermedad

Cuando se tiene esta enfermedad, porque es una enfermedad, uno trata de ocultárselo a los demás. Es un secreto eterno que nos quema por dentro o por lo menos pensamos que es un secreto. Y para poder guardar este supuesto “secreto”, comenzamos a mentir, nos alejamos y nos ocultamos de la gente, nos escondemos para comer. No queremos que por nada del mundo los demás a gente se den cuenta de este desorden. Nos da mucha pena. Pero, por más que trates de ocultárselo al mundo, la gente que te quiere no tiene que verte vomitar para saber que tienes un problema.

La anorexia y la bulimia van mucho más allá de un desorden alimenticio por querer ser flaca. Llegan a tu vida disfrazadas de apariencias, pero la verdad es que entran a tu sistema por un dolor del alma. Es llenar un vacío, con un vacío aún más profundo. Es buscar el control con el descontrol. Es sanar un dolor con dolor. Es un desbalance emocional y físico. Es una mutilación a tu autoestima. Es un suicidio lento. Es una destrucción total. Por lo menos así lo llegué a sentir.

Hubo momentos donde sentí que era imposible salir de donde estaba. Ya que este problema no solo destruyó mi cuerpo, sino también mi mente. Pero mucho más dolorosos que los cambios físicos, fueron los emocionales. Comencé a sentirme triste, insegura, ansiosa, a desarrollar insomnio, en fin, me sentía sola, muy sola y perdida.

Buscar la fuerza dentro de ti

A mi regreso de la universidad, mis papás pudieron ver que estaba peor de lo que pensaban. Querían ayudarme, pero no sabían cómo. Estaban desesperados. Mi mamá me llevó a un psiquiatra en busca de ayuda, pero lo que terminé recibiendo fue un papel con una receta de antidepresivos, ansiolíticos y pastillas para dormir. Gracias a Dios, la etapa de las pastillas en mi vida fue rápida; 3 meses; pero fueron suficientes para darme cuenta de que ese no era mi camino. Las pastillas me ponían en pausa, me dormían; era como si estuviera, pero a la misma vez no estaba.

Entre mis problemas de alimentación y ahora el uso de antidepresivos, ansiolíticos y somníferos; mi vida era un desastre o por lo menos así lo sentía.

Un día DESPERTÉ y me dije a mí misma: NO MÁS. Me cansé de no tener el control. Después de todo, esta vida es mía.

Decidí botar todas esas pastillas a pesar de que el psiquiatra decía que no podía dejarlas de un día para otro. Igual las dejé, las boté y comencé a tomar de nuevo el control de mi vida.

No fue fácil recuperarme de mis problemas con la comida, pero me decidí a hacerlo y me recuperé. Tenía el apoyo de mi familia y lo más importante era que YO quería mejorar. Me metí en terapias grupales e individuales para entender de este problema. Para conocer mejor al enemigo. Para sentir que no estaba sola. Para observar que estos desórdenes alimenticios eran más comunes de lo que pensaba para poder encontrar la salida.

Ya no quería ser flaca, ahora quería ser sana

Comencé a leer libros sobre alimentación. Me comenzó a interesar lo que leía y lo puse en práctica. Mi percepción comenzó a cambiar en cuanto a la comida. Ya no quería ser flaca, ahora quería ser sana. Me comenzaron a importar los alimentos que entraban a mi cuerpo. Comencé a ser selectiva al escoger los alimentos que me aportaban salud y a rechazar a los que no. Comencé a ver la comida como una de mis mejores herramientas para programar mis células a ser sanas, a que me defiendan. Conecté con la comida como medicina preventiva. Entendí que es mucho mejor prevenir una situación de salud que enfrentarla. Decidí comenzar a comer para vivir y no vivir para comer.

Reconoce tu poder desde la responsabilidad

Mi estilo de vida comenzó a cambiar y me comenzó a gustar. No fue de la noche a la mañana, pero el cambio sucedió porque mi percepción cambió. Con el cambio de mi percepción cambiaron mis gustos y con el cambio de mis gustos cambiaron mis hábitos. Entendí que la única persona que tenía el poder de cuidarme a mí misma era yo. Que solo yo era quien tenía el poder de hacer un cambio y decidí hacerlo.

Hoy en día puedo decir que este logro es mío. Que esa niña que hizo a la comida su enemiga ya no existe. Hoy mi relación con la comida es otra. Es de respeto, de salud, de agradecimiento, de amor. Cambié una experiencia negativa a positiva. Ahora puedo decir que esa etapa en mi vida fue solo una experiencia de aprendizaje que ha hecho crecer mi relación con la comida y con la vida.

Te invito a explorar esos momentos de dificultades en tu vida para reconocerlos como herramientas de aprendizaje, que con la debida guía y ayuda te permitirán invertir en ti y en tu bienestar.

Namasté.

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