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Narra tu dolor, conviértelo en belleza
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Narra tu dolor, conviértelo en belleza

Contar una historia bella o dolorosa, o dolorosamente bella, es un arte que se aprende sobre la marcha. Las imágenes llegan a la memoria con su carga de emociones y de llantos. Llegan pesadas, y no se quieren ir, destacan entre el cúmulo de los recuerdos, por su grito silenciado, por su angustia. Las imágenes son mensajeras de escenas, y las escenas evocan películas enteras, etapas de la vida, o vidas completas.

Yo nací en Colombia, uno de los lugares más bellos de este planeta, y tal vez, por tanta belleza, uno de los países más azotados por la violencia. Aquí la tierra, la posesión de la belleza de la tierra, ha sido y sigue siendo el principal foco del conflicto. Algunas personas se han apoderado gradualmente de inmensas extensiones de tierra fértil, a través de procesos que involucran amenazas y muertes.

Millones de personas han huido hacia las ciudades, intentando salvar la vida propia y la de sus hijos. Dejando atrás sus cultivos, sus animales, sus viviendas, y sus comunidades; llegan a Bogotá, a Medellín, a Cali o a Barranquilla, sin saber lo que les espera. No se imaginan que la violencia tiene el rostro de la perfecta indiferencia, del vidrio templado, del cemento impenetrable, del acero inoxidable, de la calle en las noches.

En la memoria reposan historias que nos permiten sanar

En su memoria vienen las imágenes de lo vivido, imágenes que en las horas de sueño parecen nutrir las pesadillas, en las calles de las ciudades buscan satisfacer el hambre, confiando en que, por lo menos, exista en el colectivo algún nivel de protección para la vida, lo más elemental, lo más primario, que se pierda todo el resto, pero no la vida, el hilo sagrado de la sangre que teje uno por uno los latidos.

En mi rol como terapeuta he escuchado tantas, pero tantas historias, y las más dolorosas, son algunas veces las que más belleza encierran. Encierran una belleza triste, algunas veces es una belleza coja, a la que le faltan pedazos para ser perfecta, pero que nos pone sensibles, nos despierta las ganas de ayudar, nos humaniza. Pero no nos engañemos, es difícil encontrar el brillo, lo puro, lo sanador en medio de un charco de sangre, o en las oleadas del estrés postraumático y la paranoia.

Hay que intentarlo todo por la sanación

Por duro que sea, hay que intentarlo todo por la sanación. Y la narración de tu dolor, de tus heridas, aunque remojada en un llanto intempestivo y rebelde, es muchas veces el primer paso para que puedas descargar mucho de lo que te pesa y te acongoja. Narra, cuenta con tu boca o escribe con tus manos lo que te ha pasado. Narra, pinta en una hoja o en una pared tus emociones. Narra, canta llorando, baila cayendo, rapea o grita. Haz algo, pero no te quedes con la bomba adentro.

Si no hay alguien en quien puedas confiar, narra para grabar en tu teléfono, o narra tus dolores a la luna o al viento. Ve a tu templo y narra a tu Dios lo que te pasa, o métete en un bosque y cuenta a un árbol tus tristezas. Pero deja que salga, sea lo que sea, déjalo que fluya de adentro hacia afuera. Es posible que al narrar descanses y que, en el descanso, después de una tormenta personal de llanto, emerja lentamente una pequeña calma, una sensación de haber podido con aquello.

 

Todo el dolor vivido se puede sanar

He realizado miles de sesiones y ahora sé que todo el dolor vivido se puede sanar, sea lo que sea, no importa la magnitud de lo que ha pasado, lo que importa es la magnitud de tu compromiso con la sanación. Si has decidido curarte espiritualmente, recomponer tu corazón, perdonar a tus enemigos, pasar la hoja hacia el siguiente capítulo, este momento es el mejor de todos. Empieza por narrar cuidadosamente lo que ha pasado, entiéndelo desde varias perspectivas, cuéntalo al derecho y al revés, es decir, conviértelo lentamente en arte y en belleza.

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Si algo es demasiado, si te rebasa, pon allí dentro dos semillas, una de amor hacia la vida misma, y otra de gratitud por la vida misma. Lanza las semillas y retrocede. Sé prudente. Espera la oportunidad de entrar de nuevo. Cuando estés valiente y sople a tu favor el viento, entra de nuevo en ese pequeño infierno que es tu recuerdo. Lanza de nuevo dos semillas de amor y gratitud y, si es necesario, sal corriendo de ahí.

Un proceso de conciencia y paciencia

Poco a poco verás que puedes quedarte con aquello. Que lo estás superando, gradualmente la conciencia se va ocupando de ubicar aquel hecho nefasto en un lugar adecuado para ti. Debes tener la paciencia suficiente para que las semillas crezcan. Lanza tantas como sea necesario hasta que ya no duela recordar ese momento. Entonces podrás perdonar y habrá un suspiro profundo. Y todo por ser valiente y narrar, por ser valiente y entrar, y estando adentro sembrar amor y gratitud.

Una vez sanada la escena, puedes ir por la siguiente, o por la anterior, repitiendo este procedimiento a lo largo de los años puedes sanar cada memoria traumática de tu vida, y cuando no tengas traumas vivirás en paz, el infierno se alejará de ti, podrás amarte a pesar de todo y tal vez no sea demasiado tarde para disfrutar tu existencia, la vida seguirá adelante y podrás ayudar a otros, tal vez te pase como a mí, podrás ayudar a miles de personas, y entenderás que todo lo tuyo no fue sino un entrenamiento.

Deseo serte útil con estas palabras.

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