¿Sabías que en los próximos 60 segundos tu cuerpo va a generar más de 150.000 células nuevas? ¿Que si te interesa este artículo y sigues leyendo en tu pantalla tus ojos distinguen hasta 35 colores por segundo? ¿Que si te hace gracia esa frase vas a activar 15 músculos para sonreír? ¿Y que si luego te levantas a por un vaso de agua activarás otros 200 músculos, y bombearás más de 5 litros de sangre a través de casi 100.000 km de venas y arterias en menos de un minuto?  

Tu cuerpo está en permanente acción, en movimiento constante. ¡Y funciona! ¿Cómo diablos lo hace? ¿Cómo consigue poder gestionar todas esas funciones, esos latidos, esos movimientos musculares, esas señales electroquímicas, esas miles de respuestas, y no colapsarse? Lo logra con una magistral capacidad de adaptación. Lo logra sabiendo cambiar a cada instante.  

Tu cuerpo es un genio 

Obsérvate. Ahora estás, como yo, encerrado en casa por la epidemia de coronavirus. El tiempo transcurre de un modo distinto. Te das cuenta de pequeñas cosas que antes pasaban desapercibidas: los cambios de luz en las ventanas, el olor de los muebles o los libros, el tacto de la ropa sobre la piel. Las voces de los vecinos. El murmullo del tren. El silencio. Puedes ir más adentro incluso: nota tu respiración. La tensión de tus piernas o de tus hombros. El peso de tus ojos. La forma de tu peinado sobre el cráneo. ¿Qué está sucediendo? Estás volviendo a tu cuerpo. 

Es curioso. Tu cuerpo es anterior a esta crisis sanitaria. Tu cuerpo es anterior al gobierno que ha ordenado este confinamiento, y a los problemas financieros que pueda acarrearte. Tu cuerpo está hecho de un material más antiguo que todo eso. El escritor norteamericano F. Scott Fitzgerald solía decir que la prueba de una gran inteligencia es que logra gestionar dos informaciones opuestas y seguir funcionando al mismo tiempo. Si eso es cierto, tu cuerpo es un genio. No sólo gestiona cientos de miles de cambios hormonales, musculares, sensoriales, y cognitivos en tiempo real. Sino que además gestiona lo mejor que puede una información opuesta a esa enorme capacidad: ¡te gestiona a ti! 

¿Estás preparado para lo real? 

Desde pequeño has sido adiestrado para ejercer la repetición. Lavarte los dientes, calzarte y vestirte, comer a las mismas horas, dormirte en el mismo tramo de la noche tumbado en el mismo lado de la cama, etcétera, etcétera, etcétera.  

Lo que empezó siendo un aprendizaje de hábitos sanos y en el fondo prácticos, termina instalando en ti una manía: vivir en rutina. Hacer siempre las mismas cosas. Relacionarte casi siempre con la misma gente. Comer el mismo tipo de comida. Hablar de lo mismo una y otra vez. Pensar de modo parecido sobre asuntos enormes o pequeños. Pasar por las mismas calles, ir a los mismos sitios y siempre a la misma hora.  

La repetición es un fenómeno interesante porque genera una alucinación colectiva: creer que existen los lunes, cuando en realidad no hay un sólo día igual. Creer que existen los movimientos, cuando en verdad cada gesto de tu cuerpo es distinto y único. Creer que existen las relaciones, cuando obviamente ninguna relación es igual a otra, e incluso una misma relación no tiene ni un sólo minuto idéntico al anterior.  

La repetición no existe 

La repetición es físicamente imposible. E incluso a menudo no es ni siquiera deseable. Estudios realizados en los últimos años indican que la memoria de aprendizaje se acrecienta y estimula cuando se produce la novedad. El sistema nervioso vegetativo tiende a empeorar cuando se le somete siempre al mismo tipo de estímulo.  

El deseo por las cosas, las actividades, las personas, no se renuevan a menos que nos aventuremos en lo distinto. Todos los sistemas fisiológicos sufren con la repetición. Incluso entrenar siempre del mismo modo un deporte conduce inexcusablemente a las lesiones. Si vives una vida de rutinas, vives una vida contra tu cuerpo. En realidad, es probable que la sensación que tengas es que no estás viviendo en absoluto. La realidad es que la repetición no existe. Es un espejismo. La realidad es que lo que creíamos real es otra cosa. ¿Estamos preparados para esa “otra cosa”? ¿Estás preparado para lo real?  

Volver a la vida 

En el año 2007 me di cuenta de que necesitaba cambiar de profesión. Un día me vi sentado en un despacho de la universidad, rodeado de muebles oscuros y papeles gastados, y supe sin retorno que debía tomar una decisión. Así que dejé atrás el apasionante mundo de la Filología, la lengua y la literatura, para adentrarme en el apasionante mundo de la quiropráctica, la salud, las articulaciones, y el sistema nervioso. El cambio supuso dejar también atrás un piso, una relación de muchos años, una carrera, un futuro profesional en ciernes, un sueldo y la ciudad donde siempre había vivido, Barcelona.  

Durante los meses posteriores, viví el vértigo del cambio, una mezcla entre miedo, excitación, y libertad, que me mantuvo en un estado de alerta nuevo: me interesé en conocer gente nueva, me interesé por viajar a lugares distintos, me interesé por estudiar cosas distintas, leer libros diferentes. Hasta me corté el pelo de un modo nuevo para mí. Dado que todo mi futuro estaba en el aire, empecé a preocuparme menos por mi futuro. Dado que estaba haciendo algo que mi pasado, mi historia personal, no podía predecir, dejó de importarme tanto mi pasado. Y fue curioso: cuanto más cambio introducía en mi vida, menos me molestaban los cambios. Y cuanto más cambiaba yo, más cambiaba todo lo que me rodeaba. 

Escucha tu cuerpo 

Hubo, por supuesto, momentos de gran incertidumbre y confusión, pero cuando estos momentos sucedían me centraba en poner atención a lo único que había descubierto me podía orientar bien, podía gestionar y manejarse a sus anchas cuando se producían cambios: me dediqué a escuchar mi cuerpo. Fueron meses apasionantes en que descubrí muchísimo acerca de mí mismo, de cómo hacía lo que hacía, cómo comía lo que comía, cómo sentía lo que sentía. De cómo respiraba. Cuanto más observaba a mi cuerpo, mejor lo sentía. Cuanto mejor lo sentía, más sencillo era observarlo.  

Poco a poco, mi vida ganó otra velocidad. Las conversaciones eran más profundas, las horas resultaban refrescantes, como si los días se posaran sobre mi como un rocío, los olores se multiplicaran, los colores fueran más vivos, el tacto de las cosas se expandiera en la palma de mis manos. ¿Dónde había estado la lluvia todo aquel tiempo? ¿Siempre habían sido así de asombrosa la puesta de sol? Los parques o los portales de las casas me parecían lugares esplendorosos. Empecé a sospechar algo, una idea disparatada, absurda, absolutamente inaceptable: ¿sería que estaba volviendo a la vida?     

El gran misterio 

Desde entonces han pasado muchas cosas. Pero aquel descubrimiento de mi cuerpo me ha acompañado ya sin fallo, desde los momentos en que parece que nada cambie y me sacudo de esa alucinación volviendo mi atención a mi cuerpo, hasta los momentos en que grandes cambios se encadenan y todo tiembla como un copo de nieve, y vuelvo mi atención al cuerpo para poder surfear esa transformación. De hecho, he volcado mi vida en esa actividad, la actividad de atender a mi cuerpo, de estar presente en mi cuerpo, y he fomentado activamente todo tipo de ocupaciones, desde el yoga a las artes marciales, pasando por el baile, la escritura, o la siesta, para cultivar ese romance con mi cuerpo.  

En realidad, mi profesión como quiropráctico consiste, de forma simplificada en eso: ayudar a la gente a volver a conectar con la inmensa inteligencia de su cuerpo. Así que, desocupado lector, en estas horas de encierro, en que puede parecerte que nada sucede, ¡aprovecha! vuelve al cuerpo. En estas horas de malas noticias y problemas e incertidumbres, cuando puedes pensar que todo irá mal, ¡aprovecha! y vuelve al cuerpo. En estos días de cambios y oportunidades y replanteamientos, cuando todo llama para ser mejores y desarrollar nuestras mejores ideas, ¡aprovecha! y vuelve al cuerpo. Toma una. Dos. Tres respiraciones profundas. Siente tus músculos. Tu postura. Los latidos de tu corazón. Y escucha, aquí, ahora. Adéntrate en el gran misterio de haber nacido. 

Carlos Quesada. 

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